¿Está pidiendo demasiado? Cómo saber si la ronda que pretende levantar una ‘startup’ es adecuada

Si un emprendedor no cree en su propia idea, mal empieza. Por eso es lógico y totalmente comprensible que aquellos que dan el importante paso de fundar una startup tengan cierta tendencia al optimismo. Como es obvio, serán propensos a pensar que todo les va a ir bien y, en consecuencia, a sobrestimar en mayor o menor medida el impacto que tendrá su negocio, el dinero que ganarán y lo rápido que se producirán esos ingresos, así como a subestimar los costes que entrañará ese complicado viaje desde su momento eureka hasta el umbral de rentabilidad de la empresa.

El inversor que va a apostar por los proyectos debe estar muy atento a estas cuestiones, pues su propósito principal no es otro que obtener un buen retorno. Por eso, antes de tomar parte en una ronda de financiación, debe revisar a conciencia el plan financiero de la startup y asegurarse de que la cifra que está pidiendo es razonable: suficiente para que pueda avanzar hasta sus próximos objetivos, pero no mayor que las necesidades reales que tendrá mientras trata de alcanzar dichas metas.

Intuitivamente, cabría pensar que más dinero es sinónimo de una mayor probabilidad de éxito, pero lo cierto es que no siempre es así. Una empresa que partiera ya de inicio con la inversión equivalente a cuatro o cinco rondas (digamos, por ejemplo, 15 o 20 millones de euros), se saltaría muchas fases de aprendizaje y optimización de sus procesos que son fundamentales para alcanzar la rentabilidad más alta en un futuro.

Con demasiado dinero en sus arcas, la empresa podría asumir, por ejemplo, unos costes de captación de clientes muy elevados. La presión por reducir esos gastos y ser más eficiente, buscando formas de vender más asequibles, sería mucho menor. Como se dice llanamente, la necesidad agudiza el ingenio. O, como mínimo, te obliga a presupuestar con cabeza.

Además, para que una primera ronda de ese calibre llegara a producirse, la valoración de la startup tendría que ser elevadísima o los fundadores mantendrían un porcentaje de participación (equity) muy reducido, cediendo casi todo el control. Ni una cosa ni la otra serían aceptables para cualquier inversor serio, pues el riesgo de una operación así, con una valoración tan alta, sería inasumible.

La financiación debe ser una estrategia que el emprendedor defina para su negocio, igual que la estrategia de marketing o la de recursos humanos. Debe dividirse en fases, que se corresponderán con las distintas etapas del ciclo de vida de la startup. Cada una de esas fases tendrá unos objetivos, y se estimará una inversión necesaria para alcanzarlos.

La primera parada de ese roadmap será la fase inicial, en la que la startup tratará de validar su producto, que hay clientes dispuestos a pagarlo y, entre otras cosas, qué canales de captación va a utilizar para llegar hasta ellos. Para alcanzar esos objetivos, entre 50.000 y 100.000 euros suele ser suficiente, a menudo incluso menos. De hecho, son muchos los emprendedores que llegan hasta ese punto por sus propios medios.

Una vez se han validado el producto y el resto de elementos, llega la hora de crecer tirando de esas palancas que se ha comprobado que funcionan. Para ello, levantar una ronda, quizá de entre 500.000 y 1 millón de euros, entra dentro de lo habitual. A partir de ahí, la financiación que se pueda seguir buscando irá normalmente destinada a expandirse: otros nichos, otros mercados, internacionalización, adquisición de empresas más pequeñas… Son muchos los posibles objetivos y distintas las sumas que se levantan, frecuentemente multimillonarias. Lo importante es determinar la fase en que se encuentra la startup y buscar una financiación acorde.

Además, en cada una de esas fases tomará partido un tipo de inversor distinto. Los primeros fondos suelen obtenerse de las llamadas tres efes: family, friends and fools (familia, amigos y bobos —por decirlo suavemente—). Básicamente, el entorno del propio emprendedor y algún business angel al que logre convencer de que su idea merece la pena.

En la siguiente fase, cuando ya se han validado el producto, los clientes y los canales de captación, es cuando las startups pueden recurrir a una fuente de financiación como The Crowd Angel. Al dar la oportunidad a un mayor número de inversores de entrar en las rondas, se pueden alcanzar cifras de varios cientos de miles de euros como las que necesitan para crecer estas empresas que ya han demostrado su valía.

En fases posteriores entra en juego el venture capital, los fondos de capital riesgo, que ya buscan empresas con una mayor facturación y objetivos más ambiciosos como la expansión internacional. En The Crowd Angel hemos trabajado codo con codo con fondos especializados como Conexo, que no solo invierte en startups del sur de Europa sino que las ayuda a desembarcar en un nuevo mercado, en este caso el estadounidense.

En definitiva, lo más importante para analizar si una startup está pidiendo la inversión que realmente necesita es identificar en cuál de dichas fases se encuentra. Con eso en mente, se analiza el apartado financiero de su business plan y se comprueba que la cifra es razonable en base a los objetivos que se van a perseguir y cómo pretenden alcanzarse.

En este punto, como ya anticipábamos, el inversor debe contar con cierto optimismo por parte del emprendedor, que a menudo tenderá a sobreestimar los ingresos y subestimar los costes. Lo ideal es que el dinero sea suficiente para que la compañía pueda aguantar, incluso si las cosas se tuercen, alrededor de un año y medio. En ese tiempo debería ser capaz de conseguir las métricas que se hubiera propuesto, el objetivo de esa fase, y aún tendría medio año para levantar una ronda posterior.

Nada de esto, claro, está escrito en piedra. Cada proyecto es distinto y se debe estudiar por separado, pero si hay algo común a todos, algo que debería resultar evidente, es que el dinero les tiene que llegar en su justa medida y a su debido tiempo, ni poco ni mucho, ni tarde ni temprano. Algo así de simple es el secreto de una buena estrategia de financiación.